Sobre el dibujo y el espacio del cuaderno

Reflexión procesual después de 6 años de trabajo en cuadernos

Siempre me ha molestado que la gente, al entregarles uno de mis cuadernos para que examinen los dibujos que hay en su interior, se refiera a este como una bitácora.
La bitácora es un elemento de registro cronológico detallado, en apoyo del desarrollo de un proceso, por lo que es frecuentemente usada como parte del método científico. Es decir, la bitácora no puede ser un fin en si mismo. Y aunque pienso que para la mayoría de los procesos del arte, su producción y su investigación, puede ser realmente clave llevar bitácoras, reafirmo que el espacio de una libreta de dibujo debe de considerarse un fin en sí mismo.


y es que haber recibido una libreta de parte de Ricardo entonces, con un propósito tan específico como el crear un cuerpo de dibujos para maquetar una pequeña publicación, cristalizó por completo la manera en la que vagamente me relacionaba con el espacio del cuaderno de dibujo.

A pesar de que a lo largo de mi vida me he apoyado constantemente en el uso de cuadernos, fue a principios de 2020 cuando este formato comenzó a adquirir un peso distinto dentro de mi práctica. Recién iniciado mi cuarto semestre en la licenciatura en Artes Visuales en La Esmeralda, y a partir de una conversación con Ricardo Ángeles sobre la idea de realizar un zine de dibujo colaborativo, me regaló un cuaderno de tapa azul celeste y de unas 100 páginas en formato A5, con la intención de trabajar sobre un soporte común y comenzar a generar avances compartidos.

Ricardo y yo hablamos de una temática general que definimos, casi de manera lúdica, como “sexo y putazos”, pensando en intereses que ambos ya veníamos explorando y que podían desarrollarse dentro del espacio íntimo de la libreta. A los pocos días comencé a dibujar asumiendo con mayor seriedad que lo que ocurría en esas páginas podía entenderse como obra: no como apuntes privados, sino como imágenes que eventualmente serían vistas por otros, leídas como páginas de un libro.

A pesar de que se nos atravesaron una pandemia y otras circunstancias por las cuáles el zine del que platicamos Ricardo y yo jamás se concretó, aquel cuaderno es el primero en el que comienza a materializarse un lenguaje visual que he venido trabajando durante más de cinco años. Por ello, me interesa detenerme brevemente en el proceso mediante el cual llegué a muchas de estas imágenes y en cómo ese proceso continúa presente, de una u otra forma, en los dibujos de mis cuadernos más recientes.

Decidí reunir aquí una serie de elementos que ya venía desarrollando desde un año atrás en otras libretas y dibujos. Uno de ellos fue el uso de brush pens Pentel, recurso que adopté —y que puedo decir sin problema que le fusilé— tras haber visto varias horas de videos de Kim Jung Gi (✝), y que también le aprendí a mi amigo Jesús Piña. Aunque nunca descifré el “código” para dibujar como Kim Jung Gi, este acercamiento me dejó algo una mayor seguridad en el trazo y una práctica constante del dibujo de observación, particularmente de la figura humana.

Al prescindir del boceto previo en lápiz, el error se volvió inevitable. Cuando aparecía, no había forma de corregirlo, sólo de incorporarlo. Las manchas de tinta comenzaron a funcionar como un punto de apoyo más que como un obstáculo, reduciendo el miedo a equivocarme y abriendo la posibilidad de dibujar encima, intervenir el trazo y convivir con lo que ya estaba ahí. Con el tiempo, la mezcla de manchas, líneas, correcciones y superposiciones se volvió parte natural del proceso.

La acumulación de imágenes dentro de un mismo plano empezó a interesarme no por su claridad, sino por su ambigüedad. En lugar de construir una imagen unificada o cerrada, preferí permitir que elementos que podían o no tener relación entre sí coexistieran sin resolverse del todo. Más que comunicar un significado preciso, estas combinaciones comenzaron a producir una sensación de misterio, un espacio abierto a asociaciones no del todo controlables.

Con los años, he seguido explorando qué es aquello que estas imágenes, repetidas y reordenadas una y otra vez, parecen querer decir y cuál podría ser su hilo conductor. Si bien la respuesta más evidente es que ese hilo siempre he sido yo, lo que realmente me interesa es cómo esto se manifiesta en el proceso. El dibujo, en mi opinión, más que un medio o una técnica, es una manera de pensar y de entender el mundo. Dentro del espacio espontáneo que se genera en el cuaderno, el acto de dibujar opera de forma similar a una libre asociación: permite que aparezcan imágenes y relaciones que difícilmente surgirían desde decisiones completamente racionales. En ese sentido, aquello que se presenta como misterio no es necesariamente algo externo o indescifrable, sino una verdad interna que aún no encuentra una forma clara de explicarse.

A partir de ese proceso comencé a pensar, de manera todavía muy intuitiva, en la idea de una digestión visual. Desde 2020, cuando empecé a tomarme en serio este tipo de dibujo, me ha interesado observar cómo las imágenes que consumo diariamente —sin importar su origen o su supuesto valor— pasan por un mismo proceso de asimilación. Imágenes refinadas y otras consideradas desechables conviven, se mezclan y se transforman antes de reaparecer, filtradas, dentro del cuaderno.

Entiendo esta digestión no como una selección consciente, sino como un tránsito continuo en el que las imágenes se sedimentan, se deforman o se contaminan entre sí. En ese movimiento comienza a formarse una jerarquía propia, inestable y cambiante, que no responde a categorías externas sino a afinidades, obsesiones y repeticiones personales. El cuaderno funciona entonces como el espacio donde ese proceso se hace visible, no como resultado final, sino como registro de algo que todavía se está acomodando, pero que funciona en sí mismo como algo que puede considerarse completo.